Patagonia, 18 de Junio de 2019
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«El amuleto», un cuento patag√≥nico

Patagonia-argentina.com le regala un cuento de una autora patag√≥nica. Lidia Ravone de H√ľnicken naci√≥ en Chos Malal, provincia de Neuqu√©n, en 1938. Vivi√≥ gran parte de su vida en Viedma, R√≠o Negro y public√≥ un libro de cuentos, De aqu√≠, de vos, de m√≠, y uno de poes√≠a, Esa paloma salpicada de mariposas. Sus temas no son solamente regionales, pero hemos seleccionado uno en el que se respira la atm√≥sfera patag√≥nica, en el escenario, en sus personajes, en sus palabras y en sus silencios. ¬°Que lo disfruten y que los transporte, a trav√©s de esa maravilla que es el lenguaje, a un rinconcito de espacio y tiempo patag√≥nico!

El Amuleto

El hombre detuvo su autom√≥vil lentamente, con los ojos puestos afuera. No pod√≠a creer en ese vac√≠o. Ni siquiera una tapera, un indicio de lo que dejara al escapar treinta y dos a√Īos atr√°s. S√≥lo los √°rboles m√°s altos y un resto de alambrado. Por el angosto y dilatado valle en la meseta patag√≥nica se escurr√≠a su emoci√≥n.

Bajó y envarado sobre sus piernas trató de que éstas le respondieran, pero no pudo moverse.
Hab√≠a quedado una huella de sangre hasta el arroyo. No la ve√≠a. Se qued√≥ mirando mientras una vieja angustia, como una hueste de polillas hambrunas, le invad√≠a las entra√Īas. Ahora masticaban su coraz√≥n y sinti√≥ el alivio de estar desliz√°ndose en el recuerdo poco a poco.
-Acá tiene la resolución. Puede hacerse cargo en cuanto llegue- le dijo el inspector.
-Perdone, no conozco bien la provincia. ¬ŅEn qu√© puedo ir hasta all√°?
-Venga. Le muestro el paraje en el mapa.
El hombre dio la vuelta al escritorio del inspector y se puso a su lado.
-T√≥mese el tren hasta esta localidad: San Antonio Oeste . Tendr√° que esperar unos d√≠as porque el √ļnico transporte que puede llevarlo es un cami√≥n y nunca se sabe exactamente cu√°ndo sale.
No lo agitó el panorama. Estaba dispuesto a mucho más cuando decidió irse al sur.

Lleg√≥, cubierto de tierra y realmente cansado. Le inquiet√≥ no haber envuelto mejor el colch√≥n. En ese deforme rollo ven√≠a todo lo suyo, incluso el estuche con el viol√≠n. Alguien le se√Īal√≥ la escuela. De adobe y paja. El aula y dos habitaciones volcadas a una galer√≠a por donde el viento holgazaneaba. M√°s all√°, el excusado, cerca de la acequia. Le contaron que a un kil√≥metro estaba el arroyo que daba nombre al paraje, una estafeta y el destacamento de polic√≠a. Conoci√≥ al llegar al turco Mussi y supo que la poblaci√≥n se formaba con descendientes de abor√≠genes. Las chozas no se ve√≠an desde la escuela.
En poco tiempo sinti√≥ que todos lo conoc√≠an. √Čl apenas empezaba a distinguir a los chicos.
Todav√≠a recordaba ese primer d√≠a de clase en que el silencio era tan manso que decidi√≥ quebrarlo cantando. Entonces, despu√©s del abecedario y el repaso de los n√ļmeros, le toc√≥ el viol√≠n.
Fue cuando descubri√≥ a Matilde. Tropez√≥ con sus enormes ojos desencajados, los vio verter una ag√ľita fina.
Despu√©s se convirti√≥ en una costumbre. Las clases terminaban con m√ļsica. Cuando lo olvidaba, era Matilde la que siempre se acercaba para pedirle:
-Maestro, toque la guitarrita chica…

Aquella tarde la recordaba especialmente porque inaugur√≥ su ba√Īo en el arroyo y cuando volv√≠a corriendo, se encontr√≥ con que el sargento lo estaba esperando.
-Buenas, don. Aquí vengo a presentarme.
-Qué dice, amigo. Pase. Enseguida preparo café o unos mates, lo que prefiera.
-Est√° bien, lo que guste.
-………….
-Esperaba que fuera por el destacamento pero me dijeron que a lo mejor no conocía el camino. (Dejó resbalar la ironía.)
-Es que recién me estoy empezando a acomodar. Estuve con mucho trabajo.
-¬ŅSabe qu√© pasa, amigazo? Ac√°, usted y yo somos las √ļnicas autoridades y tenemos que tirar parejo. Los dem√°s, indiaje puro y en cuanto al turco, no voy a negarle que cuando puede le tiende una mano a uno pero √©l arrima harina para su costal, lo dem√°s es cuento.
-………….
-Los indios no son malos pero hay que conocerlos. Cuando se ofenden son capaces de cualquier cosa. Conmigo no joroban porque llevan las de perder pero con usted es diferente. En cualquier momento le meten una denuncia y bajan de la capital a sacarlo. Ya ha pasado otras veces.
-Espero no tener problemas. Lo √ļnico que quiero es ense√Īar, que lleguen confiar en m√≠.
-Pierde el tiempo, amigo. Nunca conf√≠an en nadie. Son duros y porfiados. Los chicos… conf√≥rmese si aprenden a firmar.
-No ser√° para tanto, ya ver√°.

Muchas veces, después, el maestro recordaría esta conversación.

Matilde Huanquimil hacía rato que estaba en la batea sobando la masa. Tenía que quedar bien lisita. Estiraba y juntaba, formaba el bollo, lo dejaba caer, metía los dedos con deleite y pensaba en cómo haría esa noche para escaparse. El sargento le había dicho:
-Venite esta noche, negra. Te estoy extra√Īando mucho.
Pero ella temblaba de miedo. Aunque la primavera hirviera en brotes, temblaba mientras esperaba que los viejos y los hermanos se durmieran. La peor era la abuela, parec√≠a dormir con los o√≠dos abiertos. Los perros no hac√≠an problemas. Ya les conoc√≠a las ma√Īas y uno hasta iba con ella.
-Cuando llegaba al destacamento era distinto. √Čl ten√≠a el poder de calmarla. No quedaba rinconcito alguno para el misterio. √Čl sab√≠a. El destacamento estaba templado. Era hermoso que la fuera alivianando de ropas hasta quedar toda desnuda bajo el tejado de su mirada. Si a ella se le escapaba un escalofr√≠o, √©l le tra√≠a un poco de ca√Īa. Luego llegaba la flojedad tibia entre la aspereza de la matra y √©l era una espalda muda que la dejaba vestirse y que se fuera cuando quisiera.
A Matilde eso no le importaba. Una sola vez se puso triste de repente. Fue cuando ella quiso regalarle el amuleto que llevaba colgado. Se le había escapado la ternura como a una tonta. Y él la rechazó.
-A mí dejame de brujerías.
Lo que pasa es que √©l no sabe todo el valor que tienen las piedras, lo justific√≥. Nunca la hab√≠a querido escuchar cuando le hablaba de las llancas que ten√≠a la machi en el cultr√ļn, ni la piedra en forma de disco: la calancura, la que hac√≠a que la cosecha fuera buena, o la piedra de la adivinaci√≥n: el pimutuhue. √Čl tampoco ten√≠a miedo ‚Äďcomo ella- a la katari kura, esa piedra agujereada tan sabia que se vuelve maligna con un soplido de la machi cuando arroja el mal sobre una persona.
Pero su amuleto en forma de carnero daba suerte. Por eso quiso regal√°rselo. La abuela le hab√≠a dicho que no ten√≠a que cambiar de due√Īo para que no trajera desgracia pero ellos dos juntos eran uno solo, as√≠ que no hab√≠a peligro. Hab√≠a sido muy tonto en no quererlo.

El maestro pregunt√≥ si alguien quer√≠a hacerle el pan y lavarle la ropa. √Čl le pagar√≠a. Matilde se ofreci√≥ y dos veces por semana se quedaba despu√©s de las clases.
Cuando el sol amenazaba con amadrigarse, ella emprendía la subida de la cuesta.
Una tarde, Matilde terminó más temprano. Entonces volvió a pedirle:
-Toque la guitarrita chica, maestro.

Y ahí bajo los sauces se envolvieron de notas. Hasta que ella, sorpresivamente, se paró en el tronco donde estaba sentada y arrojó algo dentro del estuche para luego salir corriendo.
El verano murió de golpe bajo la noche de tormenta.
La abuela tuvo un sue√Īo. Apareci√≥ un perro, un fuego, un animalito. Pod√≠a ser un cristiano. Era una visi√≥n y hab√≠a que marcarla porque la visi√≥n quiere ser del que la ve. Pill√°n mandaba un mensaje con los truenos, los rel√°mpagos y rayos. A lo mejor le dar√≠a noticias de algo perdido o robado.
La abuela desafió la tormenta fuera del rancho. Entonces vio venir a M
atilde con las ropas empapadas, a través del fusilazo que la iluminaba entera y le marcaba una curva nueva sobre el vientre.
La vieja se sorprendi√≥ s√≥lo un instante y de inmediato la gan√≥ la furia. Grit√≥ y sus gritos se mezclaron con los truenos y los ladridos de los perros. Aparecieron los padres y los hermanos hombres. Mientras entraban, la abuela se√Īal√≥ explicando. Por las fisuras del enojo fue surgiendo la lengua propia.
Matilde se quedó arrinconada hasta que el padre blandió el rebenque y lo descargó sobre ella preguntando en cada golpe:
-¬ŅDe qui√©n es?

Y Matilde siguió muda. Trataba de esquivar los golpes e intentaba zafar los cabellos de las garras de la abuela.

Hace muchos días que Matilde Huanquimil no viene a la escuela.
El maestro decide ir a averiguar qué pasa.
Cuando va acerc√°ndose al rancho, advierte que ella corre a esconderse.
Lo recibe la abuela.
-¬ŅQu√© dice, abuela?
-Buenas, maestro. ¬ŅQu√© anda pasando? Raro usted por ac√°
-Pensé que algo malo pasaba. Matilde no va a la escuela ni aparece para ayudarme.

La vieja lo mira con suspicacia.
√Čl nota el brillo amenazador.
-Pase maestro. Siéntese acá nomás, cerca del brasero. Ya se siente el viento sur.

La abuela va llamando a todos. Cada uno suspende sus tareas y se sientan en rueda. Matilde no viene.
El silencio se mezcla con la charla cortante, el humo, el mate que viene y va marcando los ritmos.
El maestro empieza a consumirse por lo que no ocurre y siente calor. Con un ademán baja el cierre de su campera y cuando intenta sacársela, siente el frío de muchos ojos en su cuello. Instintivamente lo cubre. Es tarde. Todos se abalanzan sobre él y lo sujetan.
-¬ŅQu√© ocurre? ¬°Por Dios! ¬ŅQu√© hice?

Y un palmetazo le cubre la mejilla.
-¬ŅA qu√© ha venido?- pregunta el padre.
-A saber sobre Matilde. Siempre averiguo cuando faltan a la escuela.

Un brillo de facón queda colgando sobre su nuez.
-Quer√≠as saber sobre Matilde, ¬Ņno?- ahora es el mayor quien pregunta.
-Por favor, d√≠ganme de qu√© se trata, no s√©…

Las miradas se cargan. Las bocas se van abriendo lentamente. √Čl hace un esfuerzo por entenderlos. Entonces estira un tiento finito contra el encono de los otros.
-Abuela…
-Ah, yo soy la abuela, ¬Ņno?

Y es la tenaza de la abuela la que le arranca el amuleto mientras se agregan azorados los ojos de Matilde. Es un segundo. De inmediato ella empieza a correr. Todos la miran. El maestro suma su boca al asombro del resto. Ella sigue corriendo. Corre hasta gastar su √ļltimo aliento en tirarse al arroyo que se la traga golpe√°ndola predestinadamente contra las piedras.

El hombre subi√≥ a su autom√≥vil. Treinta y dos a√Īos alcanzaron para entenderlo.
El sol seco se derramó sobre las heridas. Partió llenando de tierra las invisibles huellas.

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