Patagonia, 17 de Enero de 2019
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Cuento de Navidad

La Navidad en la Patagonia est√° llena de magia, de mitos, de leyendas. Como en todo el mundo y, quiz√°s, como en todos los mundos… Vayan con esta historia futurista de Ray Bradbury nuestros deseos de amor y felicidad y sue√Īos cumplidos para el pr√≥ximo a√Īo.

Las grutasEl d√≠a siguiente ser√≠a Navidad y, mientras los tres se dirig√≠an a la estaci√≥n de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el ni√Īo realizar√≠a por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo m√°s agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso m√°ximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El ni√Īo esperaba a sus padres en la terminal. Cuando √©stos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

-¬ŅQu√© haremos?
-Nada, ¬Ņqu√© podemos hacer?
-¬°Al ni√Īo le hac√≠a tanta ilusi√≥n el √°rbol!
La sirena aull√≥, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron Espaciolos √ļltimos en entrar. El ni√Īo iba entre ellos, p√°lido y silencioso.
-Ya se me ocurrir√° algo -dijo el padre.
-¬ŅQu√©…? -pregunt√≥ el ni√Īo.

El cohete despeg√≥ y se lanz√≥ hacia arriba al espacio oscuro. Lanz√≥ una estela de fuego y dej√≥ atr√°s la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no hab√≠a tiempo, donde no hab√≠a meses, ni a√Īos, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “d√≠a”. Cerca de medianoche, hora terr√°quea seg√ļn sus relojes neoyorquinos, el ni√Īo despert√≥ y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
EstrellasLa madre lo mir√≥ consternada; hab√≠a esperado que de alg√ļn modo el ni√Īo lo olvidar√≠a. El rostro del peque√Īo se ilumin√≥; le temblaron los labios.
-S√≠, ya lo s√©. ¬ŅTendr√© un regalo? ¬ŅTendr√© un √°rbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero… -empez√≥ a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¬ŅPuedo tener un reloj? -pregunt√≥ el ni√Īo.
Le dieron el reloj, y el ni√Īo lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-¬°Navidad! ¬°Ya es Navidad! ¬ŅD√≥nde est√° mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tom√≥ al ni√Īo de la mano.

TrifidaSalieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entender√°s -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Est√° oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerr√≥; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abr√≠a un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual pod√≠an ver el espacio. El ni√Īo se qued√≥ sin aliento, maravillado. Estrellas y velasDetr√°s, el padre y la madre contemplaron el espect√°culo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el ni√Īo avanz√≥ lentamente y aplast√≥ la nariz contra el fr√≠o vidrio del ojo de buey. Y all√≠ se qued√≥ largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Ray Bradbury

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