Patagonia, 10 de Abril de 2020
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Ensayos sobre lo ingobernable

‚ÄúLa Patagonia, incluso hasta nuestros d√≠as, carece de historia; s√≥lo dispone de historias, a las que el sistema pedag√≥gico nacional soslaya prolijamente y que s√≥lo pueden ser rescatadas de los rumores que el viento se llev√≥‚ÄĚ, afirma Christian Ferrer.

Camino en lo ingobernable

En Cabezas de tormenta, Ferrer logra concretar su aclamada ‚Äúgeograf√≠a espiritual‚ÄĚ: ‚Äúhace evidentes los pasos perdidos, los senderos olvidados, las rutas desusadas, y sobre todo, permite hacer interceptar los atlas imaginarios (literarios, ut√≥picos, legendarios) y los dramas biogr√°ficos‚ÄĚ de la Patagonia.

Ferrer es un sociólogo y ensayista argentino. Es Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es integrante de las revistas El Ojo Mocho y Artefacto. Es autor de El lenguaje libertario. Antología del pensamiento anarquista contemporáneo; de Mal de ojo. Ensayo sobre la violencia técnica; de Prosa plebeya; y de Lírica social amarga. Es editor de la revista Sociedad de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Y es anarquista.

Para Ferrer el anarquismo es una forma de vivir, por lo que la √ļnica forma de transmitirlo es a trav√©s de ejemplos de vida. Por eso en Cabezas de Tormenta aborda la tem√°tica anarquista de una forma sumamente personal, y reconstruye parte de la historia patag√≥nica por medio de las vivencias de cuatro hombres: Julio Argentino Roca, Errico Malatesta, Lewis Jones y Or√©lie Antoine de Tounens.

Lago Puelo, ejemplo de una A continuaci√≥n, un fragmento de Cabezas de tormenta titulado ¬ęLas expediciones¬Ľ :

‚ÄúCuatro son los puntos cardinales y cuatro los hombres significativos que ingresaron en la Patagonia a fines del siglo pasado. Por el Norte, el general Julio Argentino Roca al mando de un ej√©rcito; por el Sur, el anarquista Errico Malatesta junto a otros cuatro compa√Īeros de ideas; por el Este, doscientos emigrantes galeses liderados por Lewis Jones, que arribaron en un buque llamado Mimosa, un‚ÄúMayflower‚ÄĚ para la regi√≥n del Chubut, en busca de una nueva vida; y por el Oeste, a trav√©s de tierras araucanas, el franc√©s Or√©lie Antoine de Tounens, hidalgo arruinado que pretend√≠a un cetro y una corona. La Patagonia fue invadida por un militar, que ser√≠a pr√≥ximo presidente de la Argentina; por un rey de opereta; por un anarquista fugitivo del gobierno italiano; y por unos colonos cuyo l√≠der cre√≠a en un vago ideario socialista de √≠ndole fabiano. Cada uno de ellos ten√≠a en mente un modelo de organizaci√≥n colectiva: la Comunidad corresponde a los colonos; el Imperio al autoasumido rey de Araucan√≠a y Patagonia; el Estado-naci√≥n al general Roca y, al fin, la Revoluci√≥n Mundial a los anarquistas. Cada una de estas expediciones patag√≥nicas dej√≥ tras de s√≠ restos hist√≥ricos, emblem√°ticos, espirituales, e incluso gastron√≥micos que, a excepci√≥n de la cr√≥nica de la incursi√≥n estatal-militar, fueron disolvi√©ndose en el olvido, y resultan ser, para los argentinos de hoy en d√≠a, vaporosos; a lo sumo, an√©cdotas. Esos vestigios est√°n enterrados a ras de tierra: sobreviven d√©bilmente en las leyendas populares de la regi√≥n o en los rumores exc√©ntricos que de vez en cuando alguien rememora. Es justo: el Estado se ocupa de promover las gestas unificadoras del territorio y de incrustarlas en los programas curriculares difundidos en escuelas y universidades. Los dem√°s s√≥lo pueden aspirar a la piedad hist√≥rica que se transmite de boca en boca, cuencas carnales que amparan la historia social de un pueblo. En ocasiones, una sola persona en el mundo recuerda lo sucedido.

Puerto Madryn, testimonio austral de un territorio A mediados del siglo XIX la Patagonia era sin√≥nimo de territorio desconocido, gigante, semi despoblado y nunca mensurado. Era el mundo exclusivo de los Tehuelches y Mapuches. Y a√ļn circulaban leyendas improbables sobre la existencia de El Dorado, la ciudad cubierta de oro que buscaron afanosamente los conquistadores espa√Īoles. Lejos de su largu√≠sima l√≠nea costera, en donde de vez en vez se deten√≠an exploradores, balleneros o abastecedores de los escasos puertos all√≠ establecidos, el desierto patag√≥nico era tierra de nadie, es decir, de ind√≠genas. Era ‚ÄúLa Tierra‚ÄĚ, tal como la llamaban los Mapuches, sus pobladores primigenios. S√≥lo algunos pioneros y los eternos traperos que comerciaban con los indios conoc√≠an los senderos interiores. El aut√©ntico gobernante de la Patagonia en el siglo XIX era el viento, cuyas borrascas fogosas alcanzaban, en su momento de esplendor, los ciento veinte kil√≥metros por hora. Al terminar el d√≠a, el silencio transparente y la noche austral, valvas sim√©tricas, se fund√≠an suavemente. Patagonia era una palabra escrita en un mapa vac√≠o, al cual los gobernantes argentinos recientemente liberados de su larga guerra civil vigilaban ansiosa y codiciosamente desde Buenos Aires, preocupados por las posibles reclamaciones chilenas o europeas.¬Ľ

Fuente: Cabezas de Tormenta. Ensayos sobre lo ingobernable; Ferrer, Christian. Editorial Utopia Libertaria; Corrientes 4790, Buenos Aires, Argentina.

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