Patagonia, 23 de Setiembre de 2020
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Tierras sagradas devueltas a los aborígenes Mapuche

El 20 de abril se conmemora el día del Aborigen Americano. A modo de reconocimiento rescatamos hoy para Uds. una historia emocionante con final feliz: la recuperación por parte de los mapuches de Ñorquinco de su Rehue, tótem sagrado que se encuentra en medio del Parque Nacional Lanín, en la Provincia de Neuquén.

Dentro de la seccional Ñorquinco, del Parque Nacional Lanín, se encuentra un rewe o rehue que tradicionalmente perteneció a la comunidad mapuche que habitaba esas tierras. En los años 40, con la constitución de Parques Nacionales, los indios fueron desalojados de sus territorios, sus casas fueron derribadas y sus pertenencias quemadas. Como para que no quedaran dudas de quién era el nuevo “dueño” de esos paradisíacos lugares.

“Un día vino el señor Parques, y nos tiró las ‘rucas’ y nos quemó las casas” contaba Doña Rosa Catrileo hace pocos años. Todavía parecía verse en sus ojos el resplandor de las llamas y el gesto de desesperación frente a lo incomprensible: alguien o algo desconocido, el “Señor Parques” según ella, los despojaba de aquello que por siempre había sido de ellos.

Claro que la noción de propiedad tiene para los mapuches, para su modo de entender el mundo, un significado muy distinto del que le damos los supuestamente “civilizados” hombres blancos. En su cosmovisión, el hombre y la naturaleza forman una unidad, el hombre es parte de la naturaleza, no la posee sino que participa de ella. Este pedacito de tierra en el mundo era su tierra y ellos eran de esa tierra.

“No pedimos que nos devuelvan el Rewe, sólo queremos volver a ser parte de él”, dijo hace muy poco una joven mapuche en medio de una de las reuniones en las que se trataba con la Administración de Parques Nacionales la posibilidad de la restitución de los territorios a los indios. Y ninguna frase expresa más claramente esta idea de pertenencia.

Por eso, justamente, el desarraigo que provocó la expulsión que sufrieron los diezmó, los enajenó e hizo que muchos ya no pudieran volver.

Pero algunos quedaron. Y los que quedaron nunca olvidaron a su Rehue, el único lugar apropiado para realizar las rogativas a Nguenechén, el dios de los mapuches. Porque ‘Rehue’ quiere decir eso “lugar puro, lugar genuino”.

Algunos no sólo se quedaron y recordaron, sino que también lucharon, se unieron, reclamaron. Y finalmente lo consiguieron.

El 14 de agosto del año 2000 los mapuches de Ñorquinco, en una emotiva ceremonia, recibieron de manos de Parques Nacionales nuevamente la posesión de las tierras donde desde tiempos inmemoriales se encuentra ubicado el Rehue, que misteriosamente, o gracias a la energía y fuerza sagrada que irradia, según los mapuches, sobrevivió a incendios y toda clase de calamidades.

¿Qué es el Rehue?

El rehue es un tótem tallado en un viejo tronco de ciprés, con una figura antropomorfa, algo muy raro ya que sólo hay unos pocos con características similares en Chile. Mide aproximadamente 185 cm. de altura. Se encuentra en una “pampa” o espacio abierto en medio del bosque, sobre las laderas de la cordillera de los Andes, muy cerca del límite con Chile. El lugar está limitado por un bosque de pehuén o araucaria, un arroyo al oeste y la bajada de la barda al norte. La talla de madera mira hacia el este desde el centro de una suave hondonada.

En lengua mapuche “re” significa “puro” o “genuino” y “hue” que quiere decir “lugar” o “paradero”. En este lugar se celebraba antiguamente el Nguillatún o Camaruco, ceremonia anual en la que el pueblo mapuche efectúa la rogativa a su dios para pedirle diversos favores, como el fin de la sequía, las pestes o las lluvias excesivas.

El último Nguillatún que se celebró en Ñorquinco fue en el año 1934 ó 1935, año que coincide con la creación del Parque Nacional Lanín. Uno de los objetivos que perseguían los mapuches con la restitución de estas tierras es poder volver a celebrar esta ceremonia en el lugar apropiado.

La ceremonia de entrega de las tierras

¿Cómo describir lo que reflejaban los rostros de los mapuches presentes el 14 de agosto de 2000, a 1800 metros de altura, frente a su Rehue y a punto de recibir más de 700 hectáreas de tierras que les pertenecieron?

Había alegría, pero también bronca. Risas y llantos. Agradecimientos y reproches.

“Hay tanta historia para reparar… Esto no va a curar el dolor, pero pone por delante un futuro distinto para este pueblo esplendoroso” dijo el funcionario a cargo de la Administración de Parques Nacionales que concurrió al lugar para efectuar la entrega.

“Esta es una batalla que termina, pero no es la última. Vamos a seguir reclamando lo que nos pertenece” dijo un dirigente de las comunidades mapuches. Y les agradeció especialmente a las autoridades el haberse acercado hasta allí para realizar el traspaso, y en especial al vicegobernador de la provincia de Neuquén, un hombre que habla la lengua mapuche casi tan bien como los caciques más viejos.

Hubo discursos en mapuche y en castellano, y la fiesta empezó a llenarse de los sonidos de las trutrucas y los cultrunes que hacían vibrar los más jóvenes.

Rosa Catrileo ya no está para ver este milagro, pero Laura, una descendiente suya, miraba a su alrededor con incontenible emoción: “Son mis abuelos los que están escuchando”. Y señaló una ladera donde está el cementerio de sus ancestros. Ahora ella sabe que, dentro de muchos años, sus restos también podrán quedarse para siempre en este pedacito de mundo, su mundo.

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