La temporada de avistaje de ballenas se extiende desde mayo hasta inicios de diciembre. Septiembre y octubre son los mejores meses
Los rituales de reproducción son la fuerza poderosa que convoca a las ballenas. Este espectáculo natural maravilloso se repite y crece cada año, gracias a la labor de protección que desarrollan diversos organismos de la zona.
El ecosistema patagónico brinda las condiciones perfectas para esta etapa crucial. Durante estos meses, las aguas frías y ricas en nutrientes de la región se convierten en una sala de maternidad natural, donde las crías pueden fortalecerse y aprender a nadar junto a sus madres antes de emprender su largo viaje hacia las zonas de alimentación cercanas a la Antártida.
Una excursión de avistaje
Primeramente, hay que viajar a Puerto Madryn. El avistaje de las ballenas se realiza embarcando desde Puerto Pirámides, en la Península Valdés. Las empresas autorizadas por la Provincia para hacerlo toman todos los recaudos necesarios para que esta actividad no genere impacto ambiental y no altere el comportamiento de las ballenas.

El recorrido comienza bordeando la costa en distintas direcciones, para luego dirigirse una o dos millas mar adentro, al encuentro de las ballenas francas australes.

La primera parada se hace por lo general en La Lobería que se encuentra perpendicular a Puerto Pirámides donde viven unos 2000 ejemplares.

La navegación para el avistaje a lo largo de la costa permite también observar varias colonias de cormoranes y otros ejemplares de avifauna costera.
Este entorno costero es un delicado equilibrio de vida. Mientras se navega, los guías expertos comparten su conocimiento sobre la biodiversidad local, explicando cómo cada especie juega un rol vital. Además, aprovechan el trayecto para enseñar a los visitantes a identificar a las ballenas por las callosidades únicas en sus cabezas, unas formaciones córneas que funcionan como verdaderas huellas dactilares para cada individuo.

Luego la embarcación se aleja de la costa, se paran los motores y por un momento reina un silencio cortado sólo por los sonidos mezclados de los pingüinos, las gaviotas, los gaviotines y los cormoranes. Es un momento de espera… Alguien observa a lo lejos una gran concentración de aves.

La lancha se acerca y de pronto, cuando todo el grupo está atento, algo plateado y blanco salta al lado del barco, y se escucha el fuerte ruido de un cuerpo golpeando la superficie del mar…

Es un momento de euforia. Todos gritan, hablan en varios idiomas, se mezclan los gritos de los niños… Y como para completar la fiesta nunca faltan los delfines que se presentan para hacer su show de acrobacias y saltos en plena libertad junto a las ballenas.
Esta vivencia trasciende el simple turismo para convertirse en una conexión profunda con la naturaleza salvaje. Regresar al puerto tras haber sido testigo a tan pocos metros de este majestuoso ballet marino deja una huella imborrable, recordándonos la urgencia de preservar la pureza de nuestros océanos y proteger a estos gigantes amables para que sigan regresando año tras año.