En otoño, El Calafate baja las persianas de la temporada alta. El viento fuerte descansa, el pueblo recupera su ritmo silencioso y las chimeneas empiezan a humear temprano.
Pero a pocos metros del casco urbano, metiéndose hacia la Reserva Laguna Nimez, la estepa ensaya un contraste extraño. Mientras los juncos se congelan en los bordes y el paisaje se apaga en un amarillo seco, cientos de flamencos australes se adueñan del lugar.

Existe el mito de que estas aves pertenecen exclusivamente al calor o a postales tropicales, pero el flamenco patagónico está hecho de otra madera. Bancan el frío de frente. Se los ve ahí, con las patas flacas metidas en el fango helado, moviendo el pico de lado a lado para filtrar los pequeños crustáceos que les dan ese color rosa tan encendido, que casi parece fuera de lugar frente al gris plomizo del cielo otoñal.
Para los que buscan la Patagonia cruda, este es el momento ideal. Caminar por los senderos de la reserva en esta época tiene algo de íntimo, casi solitario. Ya no están los ruidos de los contingentes ni el apuro por llegar al Glaciar Perito Moreno; el único sonido real es el crujido de la escarcha bajo las botas y el murmullo bajo, constante, de la bandada que se mueve despacio sobre el agua mansa.

A diferencia de otras especies que huyen hacia el norte cuando el termómetro se desploma, muchos de estos flamencos se quedan a bancar la parada en Santa Cruz. No les importa que la laguna se congele parcialmente; mientras el agua no se cierre del todo, siguen buscando su alimento con una parsimonia que estremece, recortados contra una meseta lejana que empieza a cargarse de nieve.

Esta es la postal oculta de El Calafate, la que no entra en los catálogos tradicionales de turismo masivo. Es el premio para el viajero que decide llegar cuando todos se van: una lección de resistencia y elegancia rústica en el rincón menos pensado de la estepa.
