Bajo la luz de la luna el Glaciar Perito Moreno se alza como una muralla de luz helada frente al lago Argentino
Cada noche de luna llena, el hielo se transforma en espejo: la superficie blanca se tiñe de reflejos azulados, los témpanos flotan como fragmentos de luna, y el paisaje entero parece suspender el tiempo.
Desde noviembre de 2025, el Parque Nacional Los Glaciares permite recorrer las pasarelas bajo ese resplandor invernal, cuando es luna llena. No es un espectáculo, sino una ceremonia de luz y silencio. En la penumbra, las sombras de quienes observan se confunden con las formas del hielo; un crujido lejano rompe la quietud, y el eco viaja sobre el lago como una respiración profunda.
A la distancia, el frente del glaciar —de casi 60 metros de altura (unos 197 pies)— parece moverse. La luz lunar revela vetas celestes, grietas profundas, aristas talladas por siglos de presión. A veces, un desprendimiento rompe el muro: el estruendo resuena, el agua se ondula, y el reflejo vuelve a recomponerse.
El aire tiene un frío limpio, con aroma a nieve y piedra húmeda. La luna, alta y clara, ilumina la cordillera de los Andes y deja sobre el hielo un brillo plateado que cambia con cada nube. Todo allí es inmensidad y silencio: una forma de belleza que no se observa, sino que se respira.
Y aunque presenciar el Perito Moreno bajo la luna llena sea una fortuna —una escena que parece ocurrir fuera del tiempo—, no reemplaza la experiencia diurna. A la luz del sol, el glaciar se muestra en su fuerza total: el azul se vuelve intenso, los desprendimientos estallan con potencia, y el hielo revela la vida que late dentro de su aparente quietud. La noche, en cambio, lo convierte en un sueño: distinto, íntimo, inolvidable.

