Sarmiento y el «secreto» del Bosque Petrificado
Enclavada entre las cuencas del Colhué Huapi y el Musters, Sarmiento reposa sobre el frondoso valle que nutre el río Senguer. Un territorio donde la serenidad lacustre invita a la navegación y a la pesca de la trucha silvestre.
Nacido en las nieves andinas del lago Fontana, el río Senguer alimenta las aguas del Lago Musters antes de insinuarse hacia el Colhué Huapi, conformando un sistema hídrico que transformó la estepa en un vergel agrícola. Esta arteria vital sostiene hoy el consumo de Sarmiento y abastece a la distante Comodoro Rivadavia.
Las orillas del Musters albergan refugios discretos para viajeros que buscan internarse en sus aguas o probar suerte con la pesca de salmónidos en la estepa.
Sin embargo, el verdadero tesoro geológico aguarda a pocos kilómetros: el Bosque Petrificado José Ormachea.
Hace sesenta y cinco millones de años, este suelo árido albergaba una selva cálida y húmeda dominada por coníferas gigantes y fauna mesozoica.
Hoy, sobre páramos que imitan la topografía lunar, colosales fustes de piedra mineralizada emergen entre los pliegues multicolores de las colinas.
Al traspasar el portal que conduce directamente al área protegida, la escala sobrecoge: en una vasta extensión yacen diseminados fustes colosales, tocones intactos e impresiones fosilizadas de follaje y semillas. La paleobotánica confirma que este dosel primitivo cobijaba ejemplares que superaban los cien metros de altura.

Los cañadones circundantes exhiben los estratos de esta metamorfosis: entre sedimentos ferrosos conocidos como Piedras Coloradas, yacen bivalvos marinos y restos óseos de dinosaurios que atestiguan las antiguas transgresiones del océano.

La creación de este monumento de sílice exigió una conjunción geológica perfecta. En la Patagonia primitiva, el alumbramiento de la Cordillera de los Andes bloqueó los vientos húmedos del Pacífico, desatando lluvias de ceniza volcánica cargadas de dióxido de silicio sobre las cuencas forestales. Ese manto piroclástico sofocó la descomposición y creó un ambiente permeable a las filtraciones minerales.

A lo largo de milenios, las aguas ricas en sílice penetraron el tejido vegetal, sustituyendo molécula a molécula la materia orgánica por cuarzo y jaspe, sin alterar la microestructura de la madera.
Sepultados bajo estratos sedimentarios, los antiguos bosques del Cenozoico permanecieron ocultos hasta que el viento incesante de la estepa erosionó las capas superficiales.
Hoy, la erosión eólica deja al descubierto este santuario de piedra: el testimonio irrefutable de una época en que el corazón árido de Chubut fue uno de los dominios más frondosos del planeta.
