Patagonia, 17 de Enero de 2019
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La ruta 40 y la magia de la nada

Mempo Giardinelli pone a nuestro alcance este entrañable relato que nos traslada a la legendaria Ruta 40. Al recorrerla con su cochecito rojo, el autor chaqueño escribe sus percepciones y de pronto la formidable “nadedad” que bosqueja con su lápiz de artista se va llenando de palabras, de significados y de colores. La realidad que describe es una retrato del tiempo que avanza detenido, donde los km y las horas se suceden unas a otras pero la imagen –siempre hermosa de la Patagonia- no se modifica, nos devuelve su eternidad absoluta, como en un jardín de espejos.

LA MARAVILLA EN EL CENTRO DE LA NADA

por Mempo Giardinelli

La Ruta 40 y el cieloEs todavía temprano. La mañana resplandece lentamente, con el sol que se refleja en las montañas. Los Andes al Sur, donde termina el continente americano, son de una belleza absoluta, fría y perfecta. Esta mañana los miro desde uno de sus rincones más inhóspitos: la mítica Ruta 40, que atraviesa la Argentina completamente, del extremo Norte hasta el finisterre suriano, como una gigantesca columna vertebral de más de cinco mil kilómetros de largo.

La Ruta 40 es una interminable línea irregular que las autoridades han pretendido siempre que es una carretera, pero que en la realidad es sólo un camino que ni siquiera merecería llamarse tal, porque es sólo un trazado ancho con millones de piedras amontonadas a los costados. Pienso en una de las lenguas del Diablo que acompaña a las montañas como una novia.

Tramo de ripio cerca de El ChalténCasi toda es piedra, montaña rota. Piedra sobre piedra, piedras enormes que destrozarían el cochecito por debajo si no fuera que marchamos a paso de hombre, aquí a cinco kilómetros por hora, allá a diez, esquivando lo imposible, frenando y primera, frenar de nuevo, desviar aquí, acelerar, poner primera nuevamente, segunda, frenar, esquivar y así hasta que uno se vuelve loco y le tiemblan las manos sobre el volante.

Y la belleza más imponente ahí nomás, alta en el cielo como una naturaleza viva pintada por artistas sublimes, un Raffaello, un Rubens. Todo al alcance de la mano, aunque no hay mano que la toque. Como sucede con las máximas bellezas de este mundo.

Molino abandonado al costado de la Ruta 40 a la altura de Santa CruzCada tanto freno el coche y miro al costado, hacia ese Oriente que encandila con tantos picos abruptos, de alturas de tres mil metros o más, que nos miran como miran loscóndores. El motor, fatigado pero leal, no se detiene sin embargo, no afloja y responde como un canto rodado mecánico que se desliza sobre las piedras y nos lleva por el paisaje, empecinadamente, dando bandazos como si estuviéramos bailando una cumbia delirante.

Piedra sobre piedra, el camino —es un decir, el camino— es un gordo sendero escabroso, una especie de lomo de iguana apisonado en Parador solitario en Tres lagosalgunos sectores por las máquinas de Vialidad Nacional que pasan cada muerte de obispo, como se dice, y en todo el resto es una alfombra rugosa que parece que no podría apisonarla ni el pie de Dios.

Todo es lo mismo, piedra sobre piedra. Y es verdad que es piedra sobre piedra como se levantan las civilizaciones, pero aquí no sucedió. Y en esta hora piedra sobre piedra es apenas el zarandeo de un cochecito rojo sangre que va cruzando la nada-nada. La Nada más absoluta, el centro exacto de la Nada. Porque los pueblos más cercanos de este sitio inusitado están, uno 300 kilómetros al Sur y el otro 300 al Norte. Hacia el Este Bajo Caracoles, único pueblito en cientos de kmqueda la infranqueable cordillera y al Oeste está el mar, pero a unos 500 kilómetros de distancia. Esto es el mero centro geográfico de la Patagonia y aquí la única referencia se llama Bajo Caracoles, un caserío alrededor de un antiguo surtidor de gasolina.

Lo pasamos de largo. Llevamos ya más de treinta kilómetros de piedra sobre piedra. Es esta una pampa infinita en trazo grueso. La sucesión de mesetas parece que llevara consigo, arrastrándolo, al horizonte. Como si para ellas fuera un horizonte portátil. Las mesetas resultan todas la misma meseta y a su vez cada una es la que es. Esparcidas sobre la superficie patagónica como alfombras colosales, se imponen en mis pensamientos. Los condicionan.

En la vastísima “nadedad” es imposible no advertir que la riqueza de la Patagonia, en los albores del siglo XXI, ya no es industrial ni petrolera, ni ganadera ni portuaria, sino turística. Santa Cruz es una provincia enorme, casi exactamente igual de Parte asfaltada de la ruta 40grande que toda la Gran Bretaña, pero con menos de 200.000 habitantes, dispersos e incomunicados. Y el turismo querecibe, aunque es todavía minúsculo, tiene posibilidadesinfinitas como es infinito lo que se podría hacer aquí. De hecho es un territorio mucho más rico que lo que suele pensarse. Tiene mar y montañas,tiene arena y tiene nieve, tienelagos y desierto, glaciares y pampas, una fauna exótica y única tanto en la tierra como en el mar. Por ahora solo vienen europeos discretos y silenciosos, admiradores del tamaño y más bien cultores del recato. Pero un día vendrán los americanos del Norte y esto será un carnaval de dólares.

Habría que prepararse para recibir la riqueza que ellos son capaces de derramar. Y también para controlar los desastres que inexorablemente provocan.

Como siempre, conduzco divagando. No avanzamos más que a 10 o 15 kilómetros por hora. El pedrerío es impresionante. Ni polvo hay: todo es piedras de tamaños variadísimos. Piensoque la piedra promedio ha de tener unos cinco centímetros de diámetro. Ni Nube sobre la Ruta 40caminar se podría, y sin embargo el cochecito rojo, heroicamente, sube y baja, salta y corcovea, avanza y regula, una maravilla de comportamiento que no deja de asombrarnos. La marcha lenta me permite contemplar el paisaje mientras manejo: veo a lo lejos un cerro enorme, como un mesetón que sobresale, escarpado, sobre el paisaje repetido. Fernando mira el mapa y dice que ése debe ser el Cerro Chato y vamos a treparlo. La parsimonia de la marcha desencadena también mis especulaciones filosóficas, literarias, existenciales. Ver la montaña desde abajo, imaginar que en algunas horas estaremos arriba, me excita como una amante. Allá vamos.

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