
{"id":3592,"date":"2013-05-29T15:49:36","date_gmt":"2013-05-29T18:49:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.patagonia-argentina.com\/?p=3592"},"modified":"2013-05-29T15:50:15","modified_gmt":"2013-05-29T18:50:15","slug":"el-amuleto-cuento-lidia-ravone","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/el-amuleto-cuento-lidia-ravone\/","title":{"rendered":"&#8220;El amuleto&#8221;, un cuento patag\u00f3nico"},"content":{"rendered":"<p class=\"qtranxs-available-languages-message qtranxs-available-languages-message-en\">Sorry, this entry is only available in <a href=\"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3592\" class=\"qtranxs-available-language-link qtranxs-available-language-link-es\" title=\"Espa\u00f1ol\">Espa\u00f1ol<\/a>.<\/p><p><\/p>\n<h2>Patagonia-argentina.com le regala un cuento de una autora patag\u00f3nica. Lidia Ravone de H\u00fcnicken naci\u00f3 en <a href=\"\/e\/andina\/chos_malal\/chos_malal.php\">Chos Malal<\/a>, provincia de Neuqu\u00e9n, en 1938. Vivi\u00f3 gran parte de su vida en <a href=\"\/e\/atlantica\/viedma_patagones\/viedmapat.php\">Viedma<\/a>, R\u00edo Negro y public\u00f3 un libro de cuentos, <i>De aqu\u00ed, de vos, de m\u00ed<\/i>, y uno de poes\u00eda, <i>Esa paloma salpicada de mariposas<\/i>. Sus temas no son solamente regionales, pero hemos seleccionado uno en el que se respira la atm\u00f3sfera patag\u00f3nica, en el escenario, en sus personajes, en sus palabras y en sus silencios. \u00a1Que lo disfruten y que los transporte, a trav\u00e9s de esa maravilla que es el lenguaje, a un rinconcito de espacio y tiempo patag\u00f3nico!<\/h2>\n<h2>El Amuleto<\/h2>\n<p>El hombre detuvo su autom\u00f3vil lentamente, con los ojos puestos afuera. No pod\u00eda creer en ese vac\u00edo. Ni siquiera una tapera, un indicio de lo que dejara al escapar treinta y dos a\u00f1os atr\u00e1s. S\u00f3lo los \u00e1rboles m\u00e1s altos y un resto de alambrado. Por el angosto y dilatado valle en la meseta patag\u00f3nica se escurr\u00eda su emoci\u00f3n.<\/p>\n<p>Baj\u00f3 y envarado sobre sus piernas trat\u00f3 de que \u00e9stas le respondieran, pero no pudo moverse.<br \/>\nHab\u00eda quedado una huella de sangre hasta el arroyo. No la ve\u00eda. Se qued\u00f3 mirando mientras una vieja angustia, como una hueste de polillas hambrunas, le invad\u00eda las entra\u00f1as. Ahora masticaban su coraz\u00f3n y sinti\u00f3 el alivio de estar desliz\u00e1ndose en el recuerdo poco a poco.<br \/>\n-Ac\u00e1 tiene la resoluci\u00f3n. Puede hacerse cargo en cuanto llegue- le dijo el inspector.<br \/>\n-Perdone, no conozco bien la provincia. \u00bfEn qu\u00e9 puedo ir hasta all\u00e1?<br \/>\n-Venga. Le muestro el paraje en el mapa.<br \/>\nEl hombre dio la vuelta al escritorio del inspector y se puso a su lado.<br \/>\n-T\u00f3mese el tren hasta esta localidad: San Antonio Oeste . Tendr\u00e1 que esperar unos d\u00edas porque el \u00fanico transporte que puede llevarlo es un cami\u00f3n y nunca se sabe exactamente cu\u00e1ndo sale.<br \/>\nNo lo agit\u00f3 el panorama. Estaba dispuesto a mucho m\u00e1s cuando decidi\u00f3 irse al sur.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3, cubierto de tierra y realmente cansado. Le inquiet\u00f3 no haber envuelto mejor el colch\u00f3n. En ese deforme rollo ven\u00eda todo lo suyo, incluso el estuche con el viol\u00edn. Alguien le se\u00f1al\u00f3 la escuela. De adobe y paja. El aula y dos habitaciones volcadas a una galer\u00eda por donde el viento holgazaneaba. M\u00e1s all\u00e1, el excusado, cerca de la acequia. Le contaron que a un kil\u00f3metro estaba el arroyo que daba nombre al paraje, una estafeta y el destacamento de polic\u00eda. Conoci\u00f3 al llegar al turco Mussi y supo que la poblaci\u00f3n se formaba con descendientes de abor\u00edgenes. Las chozas no se ve\u00edan desde la escuela.<br \/>\nEn poco tiempo sinti\u00f3 que todos lo conoc\u00edan. \u00c9l apenas empezaba a distinguir a los chicos.<br \/>\nTodav\u00eda recordaba ese primer d\u00eda de clase en que el silencio era tan manso que decidi\u00f3 quebrarlo cantando. Entonces, despu\u00e9s del abecedario y el repaso de los n\u00fameros, le toc\u00f3 el viol\u00edn.<br \/>\nFue cuando descubri\u00f3 a Matilde. Tropez\u00f3 con sus enormes ojos desencajados, los vio verter una ag\u00fcita fina.<br \/>\nDespu\u00e9s se convirti\u00f3 en una costumbre. Las clases terminaban con m\u00fasica. Cuando lo olvidaba, era Matilde la que siempre se acercaba para pedirle:<br \/>\n-Maestro, toque la guitarrita chica&#8230;<\/p>\n<p>Aquella tarde la recordaba especialmente porque inaugur\u00f3 su ba\u00f1o en el arroyo y cuando volv\u00eda corriendo, se encontr\u00f3 con que el sargento lo estaba esperando.<br \/>\n-Buenas, don. Aqu\u00ed vengo a presentarme.<br \/>\n-Qu\u00e9 dice, amigo. Pase. Enseguida preparo caf\u00e9 o unos mates, lo que prefiera.<br \/>\n-Est\u00e1 bien, lo que guste.<br \/>\n-&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.<br \/>\n-Esperaba que fuera por el destacamento pero me dijeron que a lo mejor no conoc\u00eda el camino. (Dej\u00f3 resbalar la iron\u00eda.)<br \/>\n-Es que reci\u00e9n me estoy empezando a acomodar. Estuve con mucho trabajo.<br \/>\n-\u00bfSabe qu\u00e9 pasa, amigazo? Ac\u00e1, usted y yo somos las \u00fanicas autoridades y tenemos que tirar parejo. Los dem\u00e1s, indiaje puro y en cuanto al turco, no voy a negarle que cuando puede le tiende una mano a uno pero \u00e9l arrima harina para su costal, lo dem\u00e1s es cuento.<br \/>\n-&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.<br \/>\n-Los indios no son malos pero hay que conocerlos. Cuando se ofenden son capaces de cualquier cosa. Conmigo no joroban porque llevan las de perder pero con usted es diferente. En cualquier momento le meten una denuncia y bajan de la capital a sacarlo. Ya ha pasado otras veces.<br \/>\n-Espero no tener problemas. Lo \u00fanico que quiero es ense\u00f1ar, que lleguen confiar en m\u00ed.<br \/>\n-Pierde el tiempo, amigo. Nunca conf\u00edan en nadie. Son duros y porfiados. Los chicos&#8230; conf\u00f3rmese si aprenden a firmar.<br \/>\n-No ser\u00e1 para tanto, ya ver\u00e1.<\/p>\n<p>Muchas veces, despu\u00e9s, el maestro recordar\u00eda esta conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Matilde Huanquimil hac\u00eda rato que estaba en la batea sobando la masa. Ten\u00eda que quedar bien lisita. Estiraba y juntaba, formaba el bollo, lo dejaba caer, met\u00eda los dedos con deleite y pensaba en c\u00f3mo har\u00eda esa noche para escaparse. El sargento le hab\u00eda dicho:<br \/>\n-Venite esta noche, negra. Te estoy extra\u00f1ando mucho.<br \/>\nPero ella temblaba de miedo. Aunque la primavera hirviera en brotes, temblaba mientras esperaba que los viejos y los hermanos se durmieran. La peor era la abuela, parec\u00eda dormir con los o\u00eddos abiertos. Los perros no hac\u00edan problemas. Ya les conoc\u00eda las ma\u00f1as y uno hasta iba con ella.<br \/>\n-Cuando llegaba al destacamento era distinto. \u00c9l ten\u00eda el poder de calmarla. No quedaba rinconcito alguno para el misterio. \u00c9l sab\u00eda. El destacamento estaba templado. Era hermoso que la fuera alivianando de ropas hasta quedar toda desnuda bajo el tejado de su mirada. Si a ella se le escapaba un escalofr\u00edo, \u00e9l le tra\u00eda un poco de ca\u00f1a. Luego llegaba la flojedad tibia entre la aspereza de la matra y \u00e9l era una espalda muda que la dejaba vestirse y que se fuera cuando quisiera.<br \/>\nA Matilde eso no le importaba. Una sola vez se puso triste de repente. Fue cuando ella quiso regalarle el amuleto que llevaba colgado. Se le hab\u00eda escapado la ternura como a una tonta. Y \u00e9l la rechaz\u00f3.<br \/>\n-A m\u00ed dejame de brujer\u00edas.<br \/>\nLo que pasa es que \u00e9l no sabe todo el valor que tienen las piedras, lo justific\u00f3. Nunca la hab\u00eda querido escuchar cuando le hablaba de las llancas que ten\u00eda la machi en el cultr\u00fan, ni la piedra en forma de disco: la calancura, la que hac\u00eda que la cosecha fuera buena, o la piedra de la adivinaci\u00f3n: el pimutuhue. \u00c9l tampoco ten\u00eda miedo \u2013como ella- a la katari kura, esa piedra agujereada tan sabia que se vuelve maligna con un soplido de la machi cuando arroja el mal sobre una persona.<br \/>\nPero su amuleto en forma de carnero daba suerte. Por eso quiso regal\u00e1rselo. La abuela le hab\u00eda dicho que no ten\u00eda que cambiar de due\u00f1o para que no trajera desgracia pero ellos dos juntos eran uno solo, as\u00ed que no hab\u00eda peligro. Hab\u00eda sido muy tonto en no quererlo.<\/p>\n<p>El maestro pregunt\u00f3 si alguien quer\u00eda hacerle el pan y lavarle la ropa. \u00c9l le pagar\u00eda. Matilde se ofreci\u00f3 y dos veces por semana se quedaba despu\u00e9s de las clases.<br \/>\nCuando el sol amenazaba con amadrigarse, ella emprend\u00eda la subida de la cuesta.<br \/>\nUna tarde, Matilde termin\u00f3 m\u00e1s temprano. Entonces volvi\u00f3 a pedirle:<br \/>\n-Toque la guitarrita chica, maestro.<\/p>\n<p>Y ah\u00ed bajo los sauces se envolvieron de notas. Hasta que ella, sorpresivamente, se par\u00f3 en el tronco donde estaba sentada y arroj\u00f3 algo dentro del estuche para luego salir corriendo.<br \/>\nEl verano muri\u00f3 de golpe bajo la noche de tormenta.<br \/>\nLa abuela tuvo un sue\u00f1o. Apareci\u00f3 un perro, un fuego, un animalito. Pod\u00eda ser un cristiano. Era una visi\u00f3n y hab\u00eda que marcarla porque la visi\u00f3n quiere ser del que la ve. Pill\u00e1n mandaba un mensaje con los truenos, los rel\u00e1mpagos y rayos. A lo mejor le dar\u00eda noticias de algo perdido o robado.<br \/>\nLa abuela desafi\u00f3 la tormenta fuera del rancho. Entonces vio venir a M<br \/>\natilde con las ropas empapadas, a trav\u00e9s del fusilazo que la iluminaba entera y le marcaba una curva nueva sobre el vientre.<br \/>\nLa vieja se sorprendi\u00f3 s\u00f3lo un instante y de inmediato la gan\u00f3 la furia. Grit\u00f3 y sus gritos se mezclaron con los truenos y los ladridos de los perros. Aparecieron los padres y los hermanos hombres. Mientras entraban, la abuela se\u00f1al\u00f3 explicando. Por las fisuras del enojo fue surgiendo la lengua propia.<br \/>\nMatilde se qued\u00f3 arrinconada hasta que el padre blandi\u00f3 el rebenque y lo descarg\u00f3 sobre ella preguntando en cada golpe:<br \/>\n-\u00bfDe qui\u00e9n es?<\/p>\n<p>Y Matilde sigui\u00f3 muda. Trataba de esquivar los golpes e intentaba zafar los cabellos de las garras de la abuela.<\/p>\n<p>Hace muchos d\u00edas que Matilde Huanquimil no viene a la escuela.<br \/>\nEl maestro decide ir a averiguar qu\u00e9 pasa.<br \/>\nCuando va acerc\u00e1ndose al rancho, advierte que ella corre a esconderse.<br \/>\nLo recibe la abuela.<br \/>\n-\u00bfQu\u00e9 dice, abuela?<br \/>\n-Buenas, maestro. \u00bfQu\u00e9 anda pasando? Raro usted por ac\u00e1<br \/>\n-Pens\u00e9 que algo malo pasaba. Matilde no va a la escuela ni aparece para ayudarme.<\/p>\n<p>La vieja lo mira con suspicacia.<br \/>\n\u00c9l nota el brillo amenazador.<br \/>\n-Pase maestro. Si\u00e9ntese ac\u00e1 nom\u00e1s, cerca del brasero. Ya se siente el viento sur.<\/p>\n<p>La abuela va llamando a todos. Cada uno suspende sus tareas y se sientan en rueda. Matilde no viene.<br \/>\nEl silencio se mezcla con la charla cortante, el humo, el mate que viene y va marcando los ritmos.<br \/>\nEl maestro empieza a consumirse por lo que no ocurre y siente calor. Con un adem\u00e1n baja el cierre de su campera y cuando intenta sac\u00e1rsela, siente el fr\u00edo de muchos ojos en su cuello. Instintivamente lo cubre. Es tarde. Todos se abalanzan sobre \u00e9l y lo sujetan.<br \/>\n-\u00bfQu\u00e9 ocurre? \u00a1Por Dios! \u00bfQu\u00e9 hice?<\/p>\n<p>Y un palmetazo le cubre la mejilla.<br \/>\n-\u00bfA qu\u00e9 ha venido?- pregunta el padre.<br \/>\n-A saber sobre Matilde. Siempre averiguo cuando faltan a la escuela.<\/p>\n<p>Un brillo de fac\u00f3n queda colgando sobre su nuez.<br \/>\n-Quer\u00edas saber sobre Matilde, \u00bfno?- ahora es el mayor quien pregunta.<br \/>\n-Por favor, d\u00edganme de qu\u00e9 se trata, no s\u00e9&#8230;<\/p>\n<p>Las miradas se cargan. Las bocas se van abriendo lentamente. \u00c9l hace un esfuerzo por entenderlos. Entonces estira un tiento finito contra el encono de los otros.<br \/>\n-Abuela&#8230;<br \/>\n-Ah, yo soy la abuela, \u00bfno?<\/p>\n<p>Y es la tenaza de la abuela la que le arranca el amuleto mientras se agregan azorados los ojos de Matilde. Es un segundo. De inmediato ella empieza a correr. Todos la miran. El maestro suma su boca al asombro del resto. Ella sigue corriendo. Corre hasta gastar su \u00faltimo aliento en tirarse al arroyo que se la traga golpe\u00e1ndola predestinadamente contra las piedras.<\/p>\n<p>El hombre subi\u00f3 a su autom\u00f3vil. Treinta y dos a\u00f1os alcanzaron para entenderlo.<br \/>\nEl sol seco se derram\u00f3 sobre las heridas. Parti\u00f3 llenando de tierra las invisibles huellas.<\/p>\n<p><\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sorry, this entry is only available in Espa\u00f1ol. Patagonia-argentina.com le regala un cuento de una autora patag\u00f3nica. Lidia Ravone de H\u00fcnicken naci\u00f3 en Chos Malal, provincia de Neuqu\u00e9n, en 1938. Vivi\u00f3 gran parte de su vida en Viedma, R\u00edo Negro y public\u00f3 un libro de cuentos, De aqu\u00ed, de vos, de m\u00ed, y uno de&#8230; <a class=\"read-more\" href=\"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/el-amuleto-cuento-lidia-ravone\/\">Read on<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_editorskit_title_hidden":false,"_editorskit_reading_time":0,"_editorskit_is_block_options_detached":false,"_editorskit_block_options_position":"{}","footnotes":""},"categories":[48],"tags":[133],"class_list":{"0":"post-3592","1":"post","2":"type-post","3":"status-publish","4":"format-standard","6":"category-patagonia-hoy","7":"tag-mitos-y-leyendas"},"acf":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3592","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3592"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3592\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3592"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3592"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.patagonia-argentina.com\/en\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3592"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}