"El amuleto", un cuento patagónico
Patagonia-argentina.com le regala un cuento de una autora patagónica.
Lidia Ravone de Hünicken nació en Chos
Malal, provincia de Neuquén, en 1938. Vivió gran parte
de su vida en Viedma,
Río Negro y publicó un libro de cuentos, De aquí,
de vos, de mí, y uno de poesía, Esa paloma salpicada
de mariposas. Sus temas no son solamente regionales, pero hemos seleccionado
uno en el que se respira la atmósfera patagónica, en el escenario,
en sus personajes, en sus palabras y en sus silencios. ¡Que lo disfruten
y que los transporte, a través de esa maravilla que es el lenguaje,
a un rinconcito de espacio y tiempo patagónico!
El Amuleto
El hombre detuvo su automóvil lentamente, con los ojos puestos afuera.
No podía creer en ese vacío. Ni siquiera una tapera, un indicio
de lo que dejara al escapar treinta y dos años atrás. Sólo
los árboles más altos y un resto de alambrado. Por el angosto
y dilatado valle en la meseta patagónica se escurría su emoción.
Bajó y envarado sobre sus piernas trató de que éstas
le respondieran, pero no pudo moverse.
Había quedado una huella de sangre hasta el arroyo. No la veía.
Se quedó mirando mientras una vieja angustia, como una hueste de polillas
hambrunas, le invadía las entrañas. Ahora masticaban su corazón
y sintió el alivio de estar deslizándose en el recuerdo poco
a poco.
-Acá tiene la resolución. Puede hacerse cargo en cuanto llegue-
le dijo el inspector.
-Perdone, no conozco bien la provincia. ¿En qué puedo ir hasta
allá?
-Venga. Le muestro el paraje en el mapa.
El hombre dio la vuelta al escritorio del inspector y se puso a su lado.
-Tómese el tren hasta esta localidad: San Antonio Oeste . Tendrá que
esperar unos días porque el único transporte que puede llevarlo
es un camión y nunca se sabe exactamente cuándo sale.
No lo agitó el panorama. Estaba dispuesto a mucho más cuando
decidió irse al sur.
Llegó, cubierto de tierra y realmente cansado. Le inquietó no
haber envuelto mejor el colchón. En ese deforme rollo venía todo
lo suyo, incluso el estuche con el violín. Alguien le señaló la
escuela. De adobe y paja. El aula y dos habitaciones volcadas a una galería
por donde el viento holgazaneaba. Más allá, el excusado, cerca
de la acequia. Le contaron que a un kilómetro estaba el arroyo que daba
nombre al paraje, una estafeta y el destacamento de policía. Conoció al
llegar al turco Mussi y supo que la población se formaba con descendientes
de aborígenes. Las chozas no se veían desde la escuela.
En poco tiempo sintió que todos lo conocían. Él apenas
empezaba a distinguir a los chicos.
Todavía recordaba ese primer día de clase en que el silencio
era tan manso que decidió quebrarlo cantando. Entonces, después
del abecedario y el repaso de los números, le tocó el violín.
Fue cuando descubrió a Matilde. Tropezó con sus enormes ojos
desencajados, los vio verter una agüita fina.
Después se convirtió en una costumbre. Las clases terminaban
con música. Cuando lo olvidaba, era Matilde la que siempre se acercaba
para pedirle:
-Maestro, toque la guitarrita chica...
Aquella tarde la recordaba especialmente porque inauguró su baño
en el arroyo y cuando volvía corriendo, se encontró con que el
sargento lo estaba esperando.
-Buenas, don. Aquí vengo a presentarme.
-Qué dice, amigo. Pase. Enseguida preparo café o unos mates,
lo que prefiera.
-Está bien, lo que guste.
-.............
-Esperaba que fuera por el destacamento pero me dijeron que a lo mejor no conocía
el camino. (Dejó resbalar la ironía.)
-Es que recién me estoy empezando a acomodar. Estuve con mucho trabajo.
-¿Sabe qué pasa, amigazo? Acá, usted y yo somos las únicas
autoridades y tenemos que tirar parejo. Los demás, indiaje puro y en
cuanto al turco, no voy a negarle que cuando puede le tiende una mano a uno
pero él arrima harina para su costal, lo demás es cuento.
-.............
-Los indios no son malos pero hay que conocerlos. Cuando se ofenden son capaces
de cualquier cosa. Conmigo no joroban porque llevan las de perder pero con
usted es diferente. En cualquier momento le meten una denuncia y bajan de la
capital a sacarlo. Ya ha pasado otras veces.
-Espero no tener problemas. Lo único que quiero es enseñar, que
lleguen confiar en mí.
-Pierde el tiempo, amigo. Nunca confían en nadie. Son duros y porfiados.
Los chicos... confórmese si aprenden a firmar.
-No será para tanto, ya verá.
Muchas veces, después, el maestro recordaría esta conversación.
Matilde Huanquimil hacía rato que estaba en la batea sobando la masa.
Tenía que quedar bien lisita. Estiraba y juntaba, formaba el bollo,
lo dejaba caer, metía los dedos con deleite y pensaba en cómo
haría esa noche para escaparse. El sargento le había dicho:
-Venite esta noche, negra. Te estoy extrañando mucho.
Pero ella temblaba de miedo. Aunque la primavera hirviera en brotes, temblaba
mientras esperaba que los viejos y los hermanos se durmieran. La peor era la
abuela, parecía dormir con los oídos abiertos. Los perros no
hacían problemas. Ya les conocía las mañas y uno hasta
iba con ella.
-Cuando llegaba al destacamento era distinto. Él tenía el poder
de calmarla. No quedaba rinconcito alguno para el misterio. Él sabía.
El destacamento estaba templado. Era hermoso que la fuera alivianando de ropas
hasta quedar toda desnuda bajo el tejado de su mirada. Si a ella se le escapaba
un escalofrío, él le traía un poco de caña. Luego
llegaba la flojedad tibia entre la aspereza de la matra y él era una
espalda muda que la dejaba vestirse y que se fuera cuando quisiera.
A Matilde eso no le importaba. Una sola vez se puso triste de repente. Fue
cuando ella quiso regalarle el amuleto que llevaba colgado. Se le había
escapado la ternura como a una tonta. Y él la rechazó.
-A mí dejame de brujerías.
Lo que pasa es que él no sabe todo el valor que tienen las piedras,
lo justificó. Nunca la había querido escuchar cuando le hablaba
de las llancas que tenía la machi en el cultrún, ni la piedra
en forma de disco: la calancura, la que hacía que la cosecha fuera buena,
o la piedra de la adivinación: el pimutuhue. Él tampoco tenía
miedo –como ella- a la katari kura, esa piedra agujereada tan sabia que
se vuelve maligna con un soplido de la machi cuando arroja el mal sobre una
persona.
Pero su amuleto en forma de carnero daba suerte. Por eso quiso regalárselo.
La abuela le había dicho que no tenía que cambiar de dueño
para que no trajera desgracia pero ellos dos juntos eran uno solo, así que
no había peligro. Había sido muy tonto en no quererlo.
El maestro preguntó si alguien quería hacerle el pan y lavarle
la ropa. Él le pagaría. Matilde se ofreció y dos veces
por semana se quedaba después de las clases.
Cuando el sol amenazaba con amadrigarse, ella emprendía la subida de
la cuesta.
Una tarde, Matilde terminó más temprano. Entonces volvió a
pedirle:
-Toque la guitarrita chica, maestro.
Y ahí bajo los sauces se envolvieron de notas. Hasta que ella, sorpresivamente,
se paró en el tronco donde estaba sentada y arrojó algo dentro
del estuche para luego salir corriendo.
El verano murió de golpe bajo la noche de tormenta.
La abuela tuvo un sueño. Apareció un perro, un fuego, un animalito.
Podía ser un cristiano. Era una visión y había que marcarla
porque la visión quiere ser del que la ve. Pillán mandaba un
mensaje con los truenos, los relámpagos y rayos. A lo mejor le daría
noticias de algo perdido o robado.
La abuela desafió la tormenta fuera del rancho. Entonces vio venir a
Matilde con las ropas empapadas, a través del fusilazo que la iluminaba
entera y le marcaba una curva nueva sobre el vientre.
La vieja se sorprendió sólo un instante y de inmediato la ganó la
furia. Gritó y sus gritos se mezclaron con los truenos y los ladridos
de los perros. Aparecieron los padres y los hermanos hombres. Mientras entraban,
la abuela señaló explicando. Por las fisuras del enojo fue surgiendo
la lengua propia.
Matilde se quedó arrinconada hasta que el padre blandió el rebenque
y lo descargó sobre ella preguntando en cada golpe:
-¿De quién es?
Y Matilde siguió muda. Trataba de esquivar los golpes e intentaba zafar
los cabellos de las garras de la abuela.
Hace muchos días que Matilde Huanquimil no viene a la escuela.
El maestro decide ir a averiguar qué pasa.
Cuando va acercándose al rancho, advierte que ella corre a esconderse.
Lo recibe la abuela.
-¿Qué dice, abuela?
-Buenas, maestro. ¿Qué anda pasando? Raro usted por acá
-Pensé que algo malo pasaba. Matilde no va a la escuela ni aparece para
ayudarme.
La vieja lo mira con suspicacia.
Él nota el brillo amenazador.
-Pase maestro. Siéntese acá nomás, cerca del brasero.
Ya se siente el viento sur.
La abuela va llamando a todos. Cada uno suspende sus tareas y se sientan en
rueda. Matilde no viene.
El silencio se mezcla con la charla cortante, el humo, el mate que viene y
va marcando los ritmos.
El maestro empieza a consumirse por lo que no ocurre y siente calor. Con un
ademán baja el cierre de su campera y cuando intenta sacársela,
siente el frío de muchos ojos en su cuello. Instintivamente lo cubre.
Es tarde. Todos se abalanzan sobre él y lo sujetan.
-¿Qué ocurre? ¡Por Dios! ¿Qué hice?
Y un palmetazo le cubre la mejilla.
-¿A qué ha venido?- pregunta el padre.
-A saber sobre Matilde. Siempre averiguo cuando faltan a la escuela.
Un brillo de facón queda colgando sobre su nuez.
-Querías saber sobre Matilde, ¿no?- ahora es el mayor quien pregunta.
-Por favor, díganme de qué se trata, no sé...
Las miradas se cargan. Las bocas se van abriendo lentamente. Él hace
un esfuerzo por entenderlos. Entonces estira un tiento finito contra el encono
de los otros.
-Abuela...
-Ah, yo soy la abuela, ¿no?
Y es la tenaza de la abuela la que le arranca
el amuleto mientras se agregan azorados los ojos de Matilde. Es un segundo.
De inmediato ella empieza a correr.
Todos la miran. El maestro suma su boca al asombro del resto. Ella sigue
corriendo. Corre hasta gastar su último aliento en tirarse al arroyo que se la
traga golpeándola predestinadamente contra las piedras.
El hombre subió a su automóvil. Treinta y dos años alcanzaron
para entenderlo.
El sol seco se derramó sobre las heridas. Partió llenando de
tierra las invisibles huellas.
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