Por la Cordillera de los Andes en bicicleta (cont.)
Lea la primera parte de este viaje
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Día 3: Domingo 9 de marzo
Esa
noche se atrasaba una hora en Chile, así que tuvimos una hora más
de premio para dormir y amanecimos alrededor de las 08:00. Nelson ya hacía
una hora que estaba levantado, y fiel a su costumbre había hecho muchas
relaciones públicas, se lo veía a los abrazos con los distintos
pasajeros que se dirigían a pescar. Desayunamos muy bien, café con
leche, tostadas, fiambre, quesos, dulces. El día tenía una neblina
bastante cerrada, pero cerca del mediodía se levantó. Salimos con
destino a Cochamó a unos 27 Km. por un camino de ripio algo angosto pero
un buen estado, a muy poco de avanzar ya vimos el mar. Fue una alegría
muy fuerte ver el Pacífico, a esa altura es el Seno de Reloncaví,
pedaleamos junto al mar, disfrutando de ese entorno. Lo que arruina la
vista son las jaulas de criaderos de choritos y salmones, que son una constante
a lo
largo de todo el Seno. El camino subía y bajaba, hasta que nos alejamos
algo del mar, nos internamos en una pampa, y llegamos a un puente, a unos 2 Km.
de Cochamó. Al final de ese puente un cartel anuncia “A Paso El
León”, tomamos a la izquierda y enseguida llegamos al pueblo. Era
el mediodía. Con todas las intenciones de comer mariscos vamos hasta la
rambla, luego de pasar por una muy bonita iglesia de madera, pero... el único
restaurante abierto no tenía más que churrascos con ensalada. La
comida era muy mala pero no quedó ni un resto en los tres platos. La siesta
fue en la playa, sobre las piedras. Después continuamos los 14 Km. hasta
Ralún, nos llevó un rato entrar nuevamente en ritmo, pero lo logramos
y alrededor de las 16:45 llegamos al pueblo. Compramos agua y bananas, quedaban
32 Km para Ensenada, sobre asfalto. Este tramo comienza con un puente sobre el
río Petrohué, a mitad de camino hay una subida bastante pronunciada
y larga, pero bien accesible. A poco de comenzar, un arroyo donde nos refrescamos,
comemos unas deliciosas murras (moras salvajes), y continuamos el viaje.
Algo
más adelante comenzamos a ver el Volcán Osorno. Era una tarde despejada,
así que teníamos una vista privilegiada, esa cumbre nevada en un
cielo bien azul, y con un verde de vegetación abajo, una verdadera postal
para disfrutar... A las 19.30 llegamos a Ensenada donde buscamos lugar para dormir,
después de ver un par de campings, nos decidimos por un hospedaje, más
limpio y con lugar para guardar las bicicletas: el Hospedaje Ensenada, de estilo
alemán, bien atendido por su dueña.
Día 4: Lunes 10 de marzo
Nuestro último día de travesía. Al final de la jornada
nos esperará el catamarán del Cruce de los Lagos para llevarnos
a Bariloche. Antes de desayunar nos comunicamos por teléfono para confirmar
los pasajes. Desayunamos muy bien y partimos. El clima nos acompaña,
por suerte la lluvia cayó por la noche. Los primeros diez Km. son de
asfalto hasta los Saltos de Petrohué, donde hacemos un visita y tomamos
fotos. Nos quedan seis Km. de camino de suelo volcánico, nos acompaña
a la derecha el río Petrohué, muy bonito con unos saltos, piedras,
cambios de colores que hacen muy entretenida esta parte de la excursión.
A la izquierda tenemos la vista del volcán. ¡Un paisaje de privilegio!
A las 11:00 llegamos al puerto, todavía faltaba para que zarpe el barco,
así que fuimos a conocer el camping, que está muy bueno. El barco
salió en un mediodía despejado, el Lago de Todos los Santos está tranquilo,
nos sentíamos extraños, éramos de los pocos que hablábamos
español. Al rato de salir vemos el Volcán Puntiagudo, sobre la
costa hay ciento ochenta residencias cuya única forma de acceso es por
agua. Luego de casi dos horas de navegación llegamos a Peulla, donde
hacemos migraciones. Allí se termina el primer tramo de navegación,
luego hay que hacer un tramo por tierra, que los turistas hacen en bus, y que
nosotros teníamos que hacer en el mismo tiempo que ellos para alcanzar
al otro barco, en Lago Frías. Para ello no podíamos llevar peso,
por lo que le pedimos a uno de los conductores de los buses que nos llevara
el equipaje y nosotros salimos raudamente con destino a Lago Frías.
Al comienzo el camino tiene un ripio con piedras muy grandes, pero a medida
que avanzamos va mejorando, con leve subida, nos permite tener un muy buen
ritmo hasta Casa Pangue que es donde está el retén de Carabineros
y donde debemos hacer control. En una hora hacemos esos 18 km. desde Peulla.
El puesto está al pie del cerro, y desde allí se
tiene una vista impresionante de la parte de atrás del Tronador, los glaciares se ven
espectaculares. Luego de esta parada obligada, en la que nos refrescamos y
repusimos agua en nuestras caramañolas, llegó la hora de la verdad:
tenemos 8 km de subida, según nuestro libro de cabecera del viaje, “La
madre de las subidas”. La encaramos firme, decididos pero sabiendo que
debíamos regular energías para poder cumplimentarla. Es muy dura
pero para ese entonces nuestro estado atlético era bastante bueno y
manteníamos un aceptable ritmo. Pasamos por el Mirador 1 y 2, con una
vista envidiable desde ambos. Bastante arriba nos alcanza el primer colectivo,
al rato el camión con el equipaje, y casi en la cima el segundo colectivo.
La hacemos en una hora y veinte minutos. Luego nos quedan 4 km de bajada, alcanzamos
al colectivo pero no nos deja pasar, así que llegamos a Lago Frías
con bastante tierra, pero con el objetivo cumplido, antes de que se fuera el
barco.
Hacemos Migraciones y Aduana, y cruzamos en quince minutos el lago,
con unas vistas muy bonitas del Tronador y el Lopez. Las aguas no son transparentes
por la gran cantidad de sedimentos, tiene un color verde opaco. Llegamos
a Puerto Alegre, y nos quedan tres km hasta Puerto
Blest. Cuando llegamos nos
subimos al catamarán y era una inmensa alegría por lograr hacer
algo que soñamos mucho tiempo. El clima había sido muy bueno
en todo el viaje, no tuvimos ningún inconveniente, lo habíamos
disfrutado a pleno. En Puerto Pañuelo nos esperaba la camioneta de Christian.
Esperemos poder contar unas cuantas aventuras más.
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